sábado, abril 01, 2017

Le debo mucho a mis malos instintos. Tiendo a trasvasar mi rabia, por ejemplo. El famoso caso del cabrón que le pega una patada al perro al llegar a casa porque le ha ido mal en el trabajo o viceversa. Como me parece algo especialmente innoble, me reprimo, a medias con la voluntad, a medias con la inteligencia. Y por eso, porque estoy alerta y necesito vigilarme, termino viendo en todos los que se cruzan conmigo una maravillosa aura de inocencia, que es, por cierto, la que tienen, aunque no lo saben y se me acercan a por lo suyo. Pero yo tengo que reprimirme, de segundas, para que no se me salten las lágrimas de ternura y atenderles sin demasiadas metafísicas. Y así vamos.

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