domingo, septiembre 03, 2017

Sin las nubes de mis ojos
el ciclo del cariño...
desciende como neblina en la montaña,
nada se observa
pequeña trampa blanca,
el cielo es de pétalos
y está hecho con afecto
en el alma de la tierra,
los ojos nunca se cierran,
tiempos confusos donde las uniones son una
porque el cielo es una espiral que no se entiende,
y es mejor así…
con ¿orden? o ¿caos?
No sabía que mi cariño causaba daño,
soy como el erizo que espina cuando se acerca,
como la boa que su abrazo mata,
no es mi culpa ser el veneno,
ni es mi gusto saberme el mal,
pero tengo que pagar el infortunio,
pagar con mis lágrimas esta soledad
no quiero ser el malo, no quiero robarme la vida de nadie,
ni destruir felicidades,
primero morirme yo,
desaparecer y huir,
así que me alejo lo suficiente para no contagiar mi peste,
pero tan cerca para observar en silencio,
es que este cariño es de corazón, puro y sincero
que me hace atreverme
ser valiente y no claudicar.
Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones que queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos (mi musa muerta)
Hoy aprendí que en el noveno circulo el mas apartado de todo el bien de toda la luz, el frió corroe y el hielo quema, ahí perecen los traidores, que reconfortante es saber eso, todos cosechamos, nuestros pecados y los pagaremos tarde o temprano.
Con toda esta vida me costumbre
a la nostalgia como cualquiera
se acostumbra a la cerveza o a fumar
primero con mueca de disgusto,
con el gesto arrugado y la amargura propia de vivir
en una eterna tarde de domingo;
luego, con la inercia con la que uno remueve un guiso
o besa a la nada después de ocho años de ausencias en las sabanas,
me santigüe a la tristeza, a una auténtica,
con aliento grosero, que te hace querer vivir deprisa, deprisa, deprisa,
soltar toda la adrenalina de golpe y envejecer de repente,
morir mareado, asomarse a la ventanilla de un tren en marcha
seguramente Mauricio murió, el mismo día en que nació,
mi imposibilidad de reprimir el deseo de vivir
era el motivo de mi apasionada cólera,
de mi anhelo suicida: llegar al destino lo antes posible,
trampear la naturaleza y su a veces, excesiva longevidad
siempre he sido un idiota un crío llenos de palabras,.
un olor putrefacto que se intuye tan levemente que te acostumbras a él,
como ese alimento podrido en la nevera
cuyo hedor lo impregna todo pero no consigues
identificar de dónde procede,
corazón y alma, yacían ya en el cenicero después
de haber reposado entre mis dedos como un cigarro,
la huida en círculo que te devuelve al lugar del que pretendías alejarte
desprenderse de carne y pellejo
del mismo modo en que lo haría de un traje de chaqueta y corbata,
mi evasión me hacía ser aún más humano,
desgraciadamente humano
posiblemente el último en el país de la muerte.